
Me cambié para siempre cuando en 1973 insté a mi novia a que se hiciera un aborto...sólo dos meses después de la decisión en el caso Roe contra Wade. La lección más importante y dolorosa que aprendí fue que hacerse un aborto es una decisión permanente. No puede desaparecer y no se puede olvidadar de ella. Llegué a darme cuenta de que los hombres pueden sufrir del estrés postaborto. Como yo no hablaba del dolor emocional que sentía, retrasé mi propia recuperación. Mi secreto era demasiado oscuro para compartir.
La culpabilidad — Por varias razones sufrí de una sensación profunda de culpabilidad. Experimenté culpabilidad por haber sido insensible a mi novia. En los tiempos antes y después de su aborto, nunca traté de entender sus sentimientos. Sólo tras muchos años, llegué a apreciar los detalles del dolor emocional que aguantó durante el acontecimiento más traumático de su vida. Tuve que encargarme de haber violado mi sentido propio de lo bueno y de lo malo. En aquel entonces me consideraba cristiano creyente, pero rehusé escuchar la voz perspicaz que estaba dentro de mí. Sufrí la culpabilidad por la responsabilidad que compartí por los efectos de salud prolongados de mi novia...quien luego se hizo mi mujer.
La negación y el aislamiento — Durante casi veinte años, me empeñé en guardar el secreto del aborto y rehusé hablar de ello. Evité cualquier cosa que me recordara del embarazo o de niños. Durante años, la presencia de niños pequeños literalmente me enojaba y nunca sabía por qué.
La depresión — Misteriosamente, perdí mi autoestima. Luché contra pensamientos secretos como, "Si tan sólo superias lo que hice..." Esto me causó a perder mi visión y motivación para las cosas que intentaba hacer con mi vida. Como consecuencia, abandoné los estudios durante dos años. Irónicamente, una de las razones por la que recomendé el aborto era que no quería dejar los estudios.
La ansiedad — Después de casarse conmigo, mi mujer sufrió de complicaciones graves durante dos embarazos. Ya me era difícil darme cuenta de que sus embarazos no saludables probablemente eran consecuencias físicas del aborto. Una lucha mental agravó la severidad de esta realidad por incitarnos a creer que esto era "una sentencia" que cosechábamos a causa de lo que habíamos sembrado.
La libertad y la recuperación — Por la gracia de Dios, mi mujer llevó a término los dos bebés, y tener dos hijas saludables y bellas ha sido de bendición. Sollocé cuando verdaderamente me di cuenta de que había otro hijo que hubiera sido tan precioso como mis dos hijas. Veinte años tras el aborto, cuando nos dimos cuenta de que ya no podíamos guardar el secreto, la curación comenzó. Poco a poco, ablandaban mis emociones insensibles. Lloré aquel día en que por fin les dijimos a nuestras hijas del aborto. Todos lloramos.
Mi mujer y yo aprendimos a golpes que el aborto de ninguna manera fue una solución. Fue una mala decisión que tenía consecuencias poderosas y duraderas. Nuestra recuperación ha sido un proceso y un viaje. Damos gracias al Señor por traernos a nosotros la curación emocional y espiritual. Dios, mediante la gracia, ha redimido nuestras vidas. Hoy, nuestras dos hijas adultas le sirven a Dios.
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