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La historia de Brenda

Era domingo de enero de 1999 cuando el pastor habló del pin de piecitos que llevaba en la solapa. Me alegré de que los piecitos no se vieran desde donde me sentaba en la iglesia con mi amiga Roxann que con cuidado me ayudaba a encontrar el camino de regreso al Señor. Mi marido y mi hija habían venido por la primera vez conmigo a la iglesia, así pués yo estaba rodeada del amor mientras, sin saberlo, iba a enfrentar la hora más oscura de mi vida — el aborto. Aun el sonido de la palabra me ponía enferma. Yo creía que había puesto en un cajón ese capítulo feo en mi vida, que había cerrado el cajón y tirado la llave para siempre. Sé en el corazón que Dios quería que oyera el mensaje del pastor mientras me parecía que el cajón se abría, y se me llenaban los ojos de lágrimas.

Había perdido a mi padre hace menos de un año. Se suicidió. Mi mundo se hizo pedazos, y yo buscaba a ciegas las soluciones de los problemas que parecían no tener fin. ¿Por qué Dios me quitó a mi  padre? ¿Era castigo? ¿Merecía yo sentir ese dolor y sufrimiento? Era obvio que todavía me quedaba mucho que aprender sobre la naturaleza de nuestro Señor.

Mientras escuchaba hablar al pastor, me di cuenta de que la ira que sentía hacia mi padre y hacia su decisión de tomar su vida quemaba dentro de mí, y era en realidad ira hacia mí misma. ¿Cómo podría estar enfadada con mi padre por lo que hizo aunque hace veinte años decidí terminar la vida de mi bebé nonato?

Nunca había permitido que el imagen de un hijo entrara en mi mente. ¡No pude! Era sólo un huevo fertilizado — un embrión. No sintió dolor. Era lo que me dijo la consejería en la clínica de aborto, ¿no? O, ¿era sólo lo que yo quería oír? Claro, yo era una joven madre soltera y no sabía si podría mantenernos a mi hijo de tres años y a mí, ni mucho menos a otro bebé. Estaba asustada y avergonzada y sentía que no había alternativas. Mi mente egoísta racionalicé que fue la opción correcta. Si al menos me hubiera dado cuenta de que lo que creía sería la solución del problema, en realidad proyectaría su sombra sobre el resto de mi vida. La negación es un lugar muy oscuro en que vivir. La negación come de cada mala decisión; aun pecado se magnifica mientras se siente que lo positivo no se merece.

Tras los servicios, el marido de Roxann nos acercó, y ahí estaban los piecitos en su solapa, mirándome fijamente. Se veían entonces, tan claramente, perfectamente formados. Mi mente casi no podía aguantar la imagen, pero mi corazón gritó: Mi hijo, mi pobrecito inocente. Yo sabía que Dios me hablaba.

Pensé, "Podría ser voluntaria en Pregnancy Decision Health Centers (PDHC). Podría ayudar a otros para compensar por mi error trágico." Pero la verdad era que era yo que necesitaba la ayuda. Dios lo sabía, y por eso fui a la iglesia ese domingo. Por eso mi querida amiga, que era una de pocos que sabían de mi secreto horrible, había rezado por mí. Como ella sabía del estado de ánimo frágil en que me encontraba después de la muerte de mi padre, ella se preguntaba si debería decirme por adelantado del sermón sobre la santidad de la vida. Afortunadamente, confió en la voluntad del Señor.

Le agradezco a Dios por dirigirme a la iglesia aquel domingo y por abrirme los ojos a su sublime gracia y piedad. "Perdido andaba y me halló, su luz me rescató." Sé que esto es el camino que Dios ha escogido para mí y que Él andaba a mi lado a cada paso del camino.

Llamé el próximo día al PDHC y me matriculé en el taller de H.E.A.R.T. (por sus siglas en inglés, la sanación de los efectos del trauma relacionado con el aborto). Encontré la curación verdadera poniendo mis pecados al pie de la cruz. Por fin pude llorar por la pérdida de mi bebé nonato y liberar el dolor que yo había enterrado tan profundamente. Atravesé el programa de capacitación de voluntarios para PDHC y he servido allí como voluntaria, ayudando a las embarazadas novatas y aconsejando a mujeres jóvenes propensas al aborto. Tengo la oportunidad de compartir mi historia y la verdad de Dios en la clínica médica de PDHC donde ofrecemos ultrasonidos gratuitos. También contesto el teléfono para la línea directa para ayudar a prevenir que otros hagan el mismo error que cometí yo.

Ya no siento que tengo que enmendar mi error. Jesús ya lo ha hecho para mí. Sólo quiero compartir el amor y la compasión que Dios me ha dado tan gentilmente. Rezo por que Dios les bendigue a los empleos y a los clientes de PDHC que me dan más de lo que jamás podría haber esperado devolverles a ellos. Gracias a Dios que ellos han sido de bendición en mi vida.


 

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